Ya en su habitación, se sentó sobre el borde de la cama, programó en su reloj la alarma para las siete de esa misma tarde con el propósito de dormir una o dos horas, y luego de un par de minutos de haberse acostado sucumbió ante el cansancio.
Si bien nunca lograba recordar en detalle los sueños, aquel caso fue peculiarmente diferente a los demás, quizás por el hecho de haberse dormido en el instante justo en que el último rayo del sol había logrado filtrarse por el oeste, si es que realmente existe cierta conexión entre nuestro subconsciente y el movimiento de los planetas, aunque sería descabellado pensar que por la mera coincidencia entre dos fenómenos completamente paralelos pueda llegar a desatarse algún efecto en el mundo cotidiano.
Inmerso ya en su sueño, allí era de noche y él estaba en su casa. Parecía que habían dejado varios mensajes de voz en el contestador del teléfono, pero él no sentía prisa por verificarlo, aunque de todos modos todavía no lograba dominar del todo sus acciones dentro de aquel mundo. Ante la necesidad de tomar un poco de aire puro, salió a recorrer las calles del barrio.
Una vez afuera, se encontró a sí mismo caminando entre campos florecidos a pesar del crudo invierno, y todo era de olores frescos y texturas suaves; el cielo destilaba un color violáceo, y el sol parecía cada vez más apagado y obeso, como si estuviera cansado de tanto trabajo, tratando de deshacerse de las porciones restantes de luz para poder finalmente cobrar la jubilación.
Él aún seguía corriendo entre aquellos prados, pero ahora lo hacía sin haberse establecido un punto de llegada, si es que efectivamente había habido uno de partida. No estaba verdaderamente en busca de tal objetivo, sino que trataba de huir vaya uno a saber de qué. Una extraña desesperación comenzaba a invadirlo, reemplazando lo que hasta hace minutos era una sensación de asombro y admiración ante tal espectáculo, y donde aquello que originalmente se perfilaba como un viaje común y corriente hacia el subconsciente era ahora una especie de pesadilla apocalíptica en la que él sentía cada vez mayores ganas de despertar.
De vuelta en su mundo, él seguía atrapado en aquellas llanuras aunque todavía tenía la total libertad de desplazarse hacia donde quisiera. Sin embargo, sentía que era en vano correr, pues según sus cálculos, era probable que en cuestión de minutos la alarma del reloj sonara. Desde su perspectiva el cielo daba vueltas con una cinética desorbitante, y las copas de los árboles eran agitadas por vientos furiosos y en el cielo gobernaban los incesantes relámpagos. Se apuró a buscar refugio bajo un árbol en un intento de aliviar los azotes de aquella iracunda naturaleza, haciendo tiempo hasta que el reloj viniera a rescatarlo.
Siguió esperando, y el tiempo no parecía correr. Sospechaba que las agujas estuviesen corriendo en sentido contrario, jugándole una especie de broma de mal gusto, intimidado por los relámpagos cada vez más cercanos, y con el miedo de no saber si lo que estaba viviendo era realmente ilusorio o no.
No hay modo de saber cómo puede reaccionar un hombre ante situaciones límite, ni tampoco lo conocía él hasta ese momento. Bien sabía que en caso de ser verdaderamente un sueño (no había chance de que no lo fuera), cualquier cosa que hiciese para dar fin a aquella pesadilla resultaría útil, y en el hipotético y absurdo caso de que fuese real, no habría razón para seguir viviendo, pues la tierra estaba extinguiéndose.
Se acercó entonces a lo que al parecer era una grieta recientemente abierta en el suelo, y tras asumir que el reloj definitivamente nunca llegaría a buscarlo, saltó al precipicio para jamás volver a despertar.
