¿Y de qué nos servirá convencernos de que por un instante hemos logrado olvidar las cuestiones foráneas, si en realidad sólo logramos recordar lo que ya no se tiene, eso que hoy es otra cosa, algo que ha dejado de ser pero que cuesta dejar ir?
De a poco aprendemos a comprender, regalándonos treguas cálidas a cada momento y a cada pregunta sin respuesta- treguas que en realidad son utopías que llevan nuestros nombres, que afloran a cada puente que se edifica entre algún punto de un cuerpo y del otro, a cada segundo liquidado por nuestra ignorancia al sentir que los dictámenes del tiempo resultan totalmente ajenos a lo que tocamos y sentimos, olvidando cómo recordar realmente, deshaciéndonos en la hipocresía del que huye y desentiende y no cuestiona sus instintos más sinceros, pudriéndonos sin razón en la falsedad del que sabe pero no acepta ni reconoce.
Es así que entonces (y a pesar de todo) te alucino de mil maneras diferentes hasta que ya no quedan más combinaciones posibles de colores y vértices que merezcan seguir representándote, enrollándome graciosamente en un mundo de ideas que siempre convergen en lo poco que te conozco, sin pedirte permiso pero sabiendo lo que voy a encontrar, desconociendo el propósito de esos momentáneos asaltos a la percepción que me llevan a encontrar poesía en las cuestiones más simples y vistosas, y dejándome alcanzar por momentos ese horizonte tibio que a cada pisada parece volver a alejarse eternamente de mí.