Sabían todo sobre el otro pero no se conocían con palabras de por medio. Estaban al tanto que el otro sabía, pero aún así se miraban como si fuese la primera vez, exteriorizando un humilde desentendimiento acerca de una situación que los cancelaba por completo, y por alguna razón permitían que les sucediera así, porque todavía no estaban listos para decir (ella a él y él a ella) lo que el otro ya sabía.
Así, cuando el momento llegase, sonreirían ante el aparentemente sorpresivo acercamiento para luego referirse a un primer (pero fingido) encuentro casual e inventar de este modo una excusa que justificara juntarse en un bar a tomar un café para así pretender conocerse, aunque en verdad ya se conocían a la perfección.
Pero nada de eso había ocurrido aún, y el viento que merodeaba se parecía mucho a esos que suelen preceder a un huracán. Cada vez soplaba más fuerte y más frío, y la utópica situación que ambos habían proyectado en sus mentes como una película que todavía no había sido grabada era ya demasiado lejana, pues esa sensación de magnetismo se apagaba cada vez más y los invitaba a irse del lugar, obligándolos a buscar reparo ante la inminente tormenta.
Continuaban sentados, esperando, cada uno en su banco, a pocos metros uno del otro, ignorando (porque eso era lo que mejor hacían) la lluvia salvajemente estimulada por los vientos que llevaban las gotas de de acá para allá, de un costado al otro, de arriba abajo, de abajo arriba.
Él se levanto, ella se quedó inmóvil; estática pero sin demostrar todavía esa chocante cualidad eléctrica que tanta energía descarga y que tan peligrosa se torna junto a la lluvia que la conduce y estimula al límite. Él pasó a su lado y de pronto su camino se torció hacia donde debía inclinarse. Se paró delante de ella y pronunció firmemente:
- Te conozco, no te gustan las plazas. Vení, vayamos a tomar un café y esperar a que pase el tiempo y el diluvio.
- No se quién sos, yo no te conozco. Me parece que te confundís – dijo ella.
- ¿Cómo? Pero… Sé que sabés. Sos vos, no puedo estar equivocado.
- De verdad no sé de qué estás hablando. Mejor me voy, suerte con eso que estés buscando.
Ella se fue sin más, y él quedó estancado ahí con un aire de desolación (que soplaba tan fuerte como el de la tormenta) característico de aquellos momentos en que las cosas dan un vuelco imprevisto y atroz.
La película no sobrevivió siquiera a su première.