sábado, 18 de febrero de 2012

Película

Sabían todo sobre el otro pero no se conocían con palabras de por medio. Estaban al tanto que el otro sabía, pero aún así se miraban como si fuese la primera vez, exteriorizando un humilde desentendimiento acerca de una situación que los cancelaba por completo, y por alguna razón permitían que les sucediera así, porque todavía no estaban listos para decir (ella a él y él a ella) lo que el otro ya sabía.
Así, cuando el momento llegase, sonreirían ante el aparentemente sorpresivo acercamiento para luego referirse a un primer (pero fingido) encuentro casual e inventar de este modo una excusa que justificara juntarse en un bar a tomar un café para así pretender conocerse, aunque en verdad ya se conocían a la perfección.
Pero nada de eso había ocurrido aún, y el viento que merodeaba se parecía mucho a esos que suelen preceder a un huracán. Cada vez soplaba más fuerte y más frío, y la utópica situación que ambos habían proyectado en sus mentes como una película que todavía no había sido grabada era ya demasiado lejana, pues esa sensación de magnetismo se apagaba cada vez más y los invitaba a irse del lugar, obligándolos a buscar reparo ante la inminente tormenta.
Continuaban sentados, esperando, cada uno en su banco, a pocos metros uno del otro, ignorando (porque eso era lo que mejor hacían) la lluvia salvajemente estimulada por los vientos que llevaban las gotas de de acá para allá, de un costado al otro, de arriba abajo, de abajo arriba.
Él se levanto, ella se quedó inmóvil; estática pero sin demostrar todavía esa chocante cualidad eléctrica que tanta energía descarga y que tan peligrosa se torna junto a la lluvia que la conduce y estimula al límite. Él pasó a su lado y de pronto su camino se torció hacia donde debía inclinarse. Se paró delante de ella y pronunció firmemente:
-          Te conozco, no te gustan las plazas. Vení, vayamos a tomar un café y esperar a que pase el tiempo y el diluvio.
-          No se quién sos, yo no te conozco. Me parece que te confundís – dijo ella.
-     ¿Cómo? Pero… Sé que sabés. Sos vos, no puedo estar equivocado.
-          De verdad no sé de qué estás hablando. Mejor me voy, suerte con eso que estés buscando.
Ella se fue sin más, y él quedó estancado ahí con un aire de desolación (que soplaba tan fuerte como el de la tormenta) característico de aquellos momentos en que las cosas dan un vuelco imprevisto y atroz.
La película no sobrevivió siquiera a su première.   

Auriculares

Hoy venía escuchando música en el colectivo, y antes de bajarme en mi parada envolví los auriculares con gran esmero, para luego depositarlos delicadamente dentro del bolsillo de la mochila.
Después de haberme bajado, caminando ya hacia casa, sentí que la mochila levemente se revolvía, en períodos breves y de a ratos. Al llegar abrí el bolsillo, y encontré los cables tiernamente enlazados en eróticos nudos, entendiendo así que cada uno de ellos dos, mientras descansan en la silenciosa oscuridad, cobran vida y realizan movimientos laberínticos en un intento de toparse con su par.
Por fin comprendí que la ciencia del enredamiento de los auriculares no es más que un simple romance que se repite perpetuamente en todas las mochilas y bolsillos.

El último ocaso

Por fortuna ya era viernes, y él había regresado del colegio justo antes de que el frío sol de agosto comenzara a caer, con la idea de prepararse una comida rápida y recostarse un rato antes de juntarse con sus amigos esa noche. La leve lluvia que había comenzado a caer ya empañaba las ventanas, y planteaba las condiciones ideales para dormir una siesta antes de bañarse y salir.
Ya en su habitación, se sentó sobre el borde de la cama, programó en su reloj la alarma para las siete de esa misma tarde con el propósito de dormir una o dos horas, y luego de un par de minutos de haberse acostado sucumbió ante el cansancio.
Si bien nunca lograba recordar en detalle los sueños, aquel caso fue peculiarmente diferente a los demás, quizás por el hecho de haberse dormido en el instante justo en que el último rayo del sol había logrado filtrarse por el oeste, si es que realmente existe cierta conexión entre nuestro subconsciente y el movimiento de los planetas, aunque sería descabellado pensar que por la mera coincidencia entre dos fenómenos completamente paralelos pueda llegar a desatarse algún efecto en el mundo cotidiano.
Inmerso ya en su sueño, allí era de noche y él estaba en su casa. Parecía que habían dejado varios mensajes de voz en el contestador del teléfono, pero él no sentía prisa por verificarlo, aunque de todos modos todavía no lograba dominar del todo sus acciones dentro de aquel mundo. Ante la necesidad de tomar un poco de aire puro, salió a recorrer las calles del barrio.
Una vez afuera, se encontró a sí mismo caminando entre campos florecidos a pesar del crudo invierno, y todo era de olores frescos y texturas suaves; el cielo destilaba un color violáceo, y el sol parecía cada vez más apagado y obeso, como si estuviera cansado de tanto trabajo, tratando de deshacerse de las porciones restantes de luz para poder finalmente cobrar la jubilación.
Él aún seguía corriendo entre aquellos prados, pero ahora lo hacía sin haberse establecido un punto de llegada, si es que efectivamente había habido uno de partida. No estaba verdaderamente en busca de tal objetivo, sino que trataba de huir vaya uno a saber de qué. Una extraña desesperación comenzaba a invadirlo, reemplazando lo que hasta hace minutos era una sensación de asombro y admiración ante tal espectáculo, y donde aquello que originalmente se perfilaba como un viaje común y corriente hacia el subconsciente era ahora una especie de pesadilla apocalíptica en la que él sentía cada vez mayores ganas de despertar.
De vuelta en su mundo, él seguía atrapado en aquellas llanuras aunque todavía tenía la total libertad de desplazarse hacia donde quisiera. Sin embargo, sentía que era en vano correr, pues según sus cálculos, era probable que en cuestión de minutos la alarma del reloj sonara. Desde su perspectiva el cielo daba vueltas con una cinética desorbitante, y las copas de los árboles eran agitadas por vientos furiosos y en el cielo gobernaban los incesantes relámpagos. Se apuró a buscar refugio bajo un árbol en un intento de aliviar los azotes de aquella iracunda naturaleza, haciendo tiempo hasta que el reloj viniera a rescatarlo.
Siguió esperando, y el tiempo no parecía correr. Sospechaba que las agujas estuviesen corriendo en sentido contrario, jugándole una especie de broma de mal gusto, intimidado por los relámpagos cada vez más cercanos, y con el miedo de no saber si lo que estaba viviendo era realmente ilusorio o no.  
No hay modo de saber cómo puede reaccionar un hombre ante situaciones límite, ni tampoco lo conocía él hasta ese momento. Bien sabía que en caso de ser verdaderamente un sueño (no había chance de que no lo fuera), cualquier cosa que hiciese para dar fin a aquella pesadilla resultaría útil, y en el hipotético y absurdo caso de que fuese real, no habría razón para seguir viviendo, pues la tierra estaba extinguiéndose.
Se acercó entonces a lo que al parecer era una grieta recientemente abierta en el suelo, y tras asumir que el reloj definitivamente nunca llegaría a buscarlo, saltó al precipicio para jamás volver a despertar.

viernes, 6 de enero de 2012

5 días

Le dieron cuatro o cinco días. Era algo del páncreas, de esos dolores que se sufren mucho y duran poco. No tardó en deshacerse de las cosas que ya no le servirían (la ropa, algunos muebles, sus dioses) para luego ordenar ciertos asuntos antes de que las promesas de los médicos se materializaran en tiempo y forma. En tal lapso donde la incomprensión suele gobernar cualquier posibilidad de pensamiento, comenzó a digerir desganadamente una síntesis de sabor amargo y prematuro que pretendía comprimir inútilmente toda su vida, arrojando un balance quizás satisfactorio pero inútil al fin.
Había llegado el quinto día, y él había logrado aceptar con serenidad que la muerte sería como un remedio o algo así, ya dispuesto a que ésta coronara su enfermedad prontamente, aliviándolo. Transcurrió el día y el dolor físico se iba convirtiendo en un cansancio contra el cual él no ofrecía resistencia. La medianoche lo encontró flotando suavemente por las calles del centro, con el sueño apoderándose de él hasta que finalmente algo lo hizo caer rendido al pie del umbral de alguna casa. En ese momento su cuerpo fue invadido enteramente por un cansancio generalizado pero aún así leve, una especie de sensación de vacío o de entumecimiento total que imaginó talvez se pareciera a la idea de él falleciendo.
Lo que sucedió después fue aún más complejo. Al despertar lo recibieron unos tipos vestidos íntegramente de blanco, hablando en términos que él no comprendía, y que lo miraban con el gesto estupefacto de quien no conoce ni entiende lo que ve. Sólo le dijeron que la enfermedad se había ido, que no entendían porqué, que todo iba a estar bien, que no iba a morir por lo del páncreas.
Se marchó del hospital sin ganas de que siguieran indagándolo y con la idea de decidir algo respecto a su devenir. Caminó mucho y hacia donde se pone el sol, como quien ya no le debe nada al tiempo ni a sí mismo ni a nadie, para que su cuerpo acabara por evaporarse y formar una nube con su nombre en lo alto, fundiéndose con el cielo, ahora sí, por siempre. Al mismo tiempo comenzaba a caer una leve lluvia que humedecía de a poco la ciudad donde ya se hablaba de la extraña historia del tipo que, aún habiendo sobrevivido al cáncer, había decidido terminar con su vida. 

lunes, 19 de diciembre de 2011

Preguntas

Se recostó en la cama de su habitación a medida que lograba alcanzar los niveles de pensamiento típicos de quien medita sin estar perturbado por cuestiones triviales. ¿Morir y renacer a cada instante? – rebuscado concepto acerca del oficio de vivir. Su flamante idea acerca de un proceso basado en conocer y simultáneamente desconocer todo aquello que fuera relativo a los asuntos cotidianos podría acercarse a lo cierto, algo así como un vacío en constante relleno seguido por un nuevo vaciamiento que motivaría una búsqueda perpetua.
Acto seguido, su boca ya le dibujaba gestos graciosos al aire, observando otra boca que no estaría realmente allí frente a él, imitando gestos robados de otros cuerpos, uniendo y separando partes de su ser, sonriéndole a un silencio cobarde e inútil. Luego se desdoblarían ante él como si fueran de papel los otros ojos como grilletes, una mejilla adhiriéndose a la palma, y después la nada de nuevo. Cada tanto soñaba con eso y a veces con ella (siempre con ella, en realidad) hundiéndose en la satisfacción que podía ofrecerle un dormitorio levemente alumbrado y fresco en verano.
A todo esto jugaba él en su cabeza, observando de reojo un reloj cuyos números no le importaban demasiado, tratando de minimizar el movimiento general del lugar, deteniendo entonces su existencia exactamente en el minuto dieciséis de la una de la madrugada, riéndose de él mismo y del estúpido juego.
Pensó otra vez en la muerte y recordó una carta que había recibido tiempo atrás de un ya difunto amigo suyo, donde describía a ésta como algo increíblemente misterioso y ambiguo. Citó mentalmente uno de los pasajes del texto que más de una vez había vuelto a leer con gran nostalgia: “(…) así pues, resulta imposible separar una secuencia tan progresiva como la desintegración física de un fenómeno tan degradante como la muerte a la cual huelo asaltándome dulce y lentamente, cada vez más mía e irreversible. Intuyo, sin embargo, que la descomposición corpórea no sea sino una manifestación inequívoca de plena vida, un llamado de auxilio para intentar posponer, paradójicamente, la inminente sublimación del espíritu a partir del fallecimiento del cuerpo como entidad tangible y el principio de una vida que con algo de suerte renacerá en otra cosa. Sospecho entonces que tal descomposición no es más que uno de los tantos complementos de la muerte, un proceso elemental en la eterna metamorfosis del ser, una degradación estrictamente necesaria para permitir la transición. Algo quizás como la otra cara de la moneda existencial, esa que está destapada mientras la otra se mantiene dormida pero expectante, siempre preparada para inmiscuirse y quebrar con la actualidad del individuo.”
Volvió a reírse, pero no de sí. Esta vez se rió de la vida misma y de las circunstancias que a todos les atañe, de lo complicado que resulta encontrar razones para explicar lo que no se entiende, de lo destructiva que resulta la muerte cuando llega para acabar con todo, obligando a admitir que quizás nada realmente tuviera sentido ante semejante telón de una obra cruel pero graciosa al mismo tiempo. Recordó entonces las líneas de un poema en el que se revelaba un poder presente en cada individuo que consistiría en contribuir un verso propio y original al gran poema de la existencia antes del game over, al mismo tiempo que le surgía como un reflujo mental otra pregunta. ¿Para qué vivir entonces si luego todo se pierde en el parpadeo final? Decidió dejar el tema atrás, seguramente ya que respecto a eso no existen soluciones ni respuestas que se acerquen a lo cierto, porque la muerte es eso que no se puede pensar del todo porque uno enloquece sin aviso previo.
Volvió al asunto de la chica, esa que se le aparecía en todos sus sueños, la que lo perturba pero que le hace bien. Le pareció curioso el comportamiento del tiempo mientras su mente deambulaba en ella y en sus cálidos ojos, reencontrándose con una boca que ya había visto segundos atrás, allí donde la voluntad de él pertenecía enteramente al viento y donde ella era el viento y mucho más. Todo sucedía más lento, quizás para que le doliera más la verdadera ausencia, aunque junto a ese dolor venía el placer del contento y la amarga idea de que un sueño era lo único que podía unirlos a ellos dos que parecían condenados a vivir en tiempos paralelos. Pero de vuelta esa imagen recobraba un color frío y solitario para luego borrarse, obligándolo a aceptar que probablemente lo mejor fuera deshacerse de esa farsa absurda.
El aire de la habitación se iba poniendo cada vez más pesado, cuando de pronto regresaron las preguntas. ¿Qué tan lento debía transcurrir el tiempo cuando los días eran casi eternos y los instantes, así todo, se escurrían como el aire de las manos? Cuando todo a su alrededor se iba estancando de a poco en una meseta tibia pero infinita, a primera vista inentendible pero aún así real. Tan real como las palabras que intentaban describir la detestable sensación de que sólo el tiempo curaría aquello que quizás nunca había sangrado y que talvez jamás siquiera habría existido, aunque en algún lado despertaba un hervor sin precedente atestiguando una carencia.
Sin embargo, algo más le sucede. Lo apena una falta que arde y que se manifiesta en un pecho oprimido por el anhelo de algo que se ha vuelto imprescindible sin lograr recordar el porqué ni cuándo. Una ausencia que se convierte en presencia sólo en su mente pero sin ofrecer alternativas, sin respuestas a cómo juntar esos dos tiempos que se desconocen pero que debieran unirse por alguna razón que solamente él comprende.
Y así, ya muy cansado, cae dormido. Se desprende de las preguntas y de sí, para renacer al otro día sin ella, sin nada. Durante el día sobrevive esperando llegar a su habitación siempre fresca y casi oscura, para acostarse a mitad de la noche y repetir ese laberinto estúpido, jugando el juego, preguntándose la pregunta: ¿morir y renacer a cada instante?

viernes, 9 de diciembre de 2011

En el Umbral de la Eternidad

A su modo ese cuadro colocado con suma delicadeza en la pared aparentaba desenvolverse como la perfecta convergencia entre las posibilidades de lo que uno podía llegar a sentir hacia algo fijo e inerte, sin objeciones ni polución, y que inmediatamente se mostraba con una simpleza que paradójicamente inspiraba una inútil desconfianza quizás por su asintótica y poderosa perfección. Ese retrato quieto pero volátilmente dinámico quería ser algo pero era estrictamente todo: la sistematización de un proceso que va y vuelve en formatos diferentes pero hecho en base a todo aquello que se desconoce y que provoca inmensa sorpresa, con la peculiar intención de transmitir alguna verdad. Eso reclamaba atención; gritaba en silencio; y, de algún modo, suplicaba vida.
De a poco se iban acurrucando y aclarando las sensaciones del tipo abrumado que observaba con sigilo a ese algo que era su todo, probablemente por miedo a comprometer sus genuinas emociones, contemplando (todavía él un poco desencajado) un cuerpo geométricamente simple que era intocable pero magnifico, visible pero tan intangible como la verdad o el vacío. Mientras tanto, durante aquellos increíbles instantes iba aprendiendo que lo único que él sabía con certeza era que no siempre lo que se vive se entiende, pero aún así aceptaba con hidalguía que eso era lo que lograba provocarle un alivio incomparable y que quizás la felicidad pudiera llegar a verse reflejada en la digestión de todas aquellas incomprensibles sensaciones que todavía no le habían sido reveladas completamente, que se iban disolviendo tiernamente dentro de él a medida que el vívido lienzo se iba confesando y que, absurdamente, lo maravillaban aún sin que él pudiera descifrar el verdadero sentido de lo que estaba ocurriendo.
Talvez esa sublime imagen hubiese sido extraída de alguna película mental intencionalmente congelada en ese determinado y determinante momento, si es que en efecto la vana imagen en un color azul dominante de un tipo sentado con su cabeza entre sus piernas y las manos apoyadas sobre su sien pudieran revelar auténticamente todo eso que le invadía en aquel instante, maldiciendo al mismo tiempo todo lo que pudiese haberle servido como inspiración al autor de aquella cruda manifestación pictórica de lo que simplemente es y ya no se puede torcer: la plena verdad de quien se da cuenta que nada tiene.
Detectó entonces una extraña inmovilidad apoderándose de él, sumergiéndolo en la triste confesión de un cuadro que él no creía merecer. Aquellas recientes sensaciones de consumación álmica poco a poco iban reemplazándose por esa única y nueva verdad que el envenenado retrato ahora le ofrecía a cambio de un silencio estático y atónito que se adhería al rostro perplejo de quien acaba por comprender la fugacidad individual y que entonces nada resulta imprescindible cuando uno se halla, ya sin vuelta atrás, en el umbral de la eternidad. 

jueves, 24 de noviembre de 2011

Treguas

¿Y de qué nos servirá convencernos de que por un instante hemos logrado olvidar las cuestiones foráneas, si en realidad sólo logramos recordar lo que ya no se tiene, eso que hoy es otra cosa, algo que ha dejado de ser pero que cuesta dejar ir?
De a poco aprendemos a comprender, regalándonos treguas cálidas a cada momento y a cada pregunta sin respuesta- treguas que en realidad son utopías que llevan nuestros nombres, que afloran a cada puente que se edifica entre algún punto de un cuerpo y del otro, a cada segundo liquidado por nuestra ignorancia al sentir que los dictámenes del tiempo resultan totalmente ajenos a lo que tocamos y sentimos, olvidando cómo recordar realmente, deshaciéndonos en la hipocresía del que huye y desentiende y no cuestiona sus instintos más sinceros, pudriéndonos sin razón en la falsedad del que sabe pero no acepta ni reconoce.
Es así que entonces (y a pesar de todo) te alucino de mil maneras diferentes hasta que ya no quedan más combinaciones posibles de colores y vértices que merezcan seguir representándote, enrollándome graciosamente en un mundo de ideas que siempre convergen en lo poco que te conozco, sin pedirte permiso pero sabiendo lo que voy a encontrar, desconociendo el propósito de esos momentáneos asaltos a la percepción que me llevan a encontrar poesía en las cuestiones más simples y vistosas, y dejándome alcanzar por momentos ese horizonte tibio que a cada pisada parece volver a alejarse eternamente de mí.