viernes, 6 de enero de 2012

5 días

Le dieron cuatro o cinco días. Era algo del páncreas, de esos dolores que se sufren mucho y duran poco. No tardó en deshacerse de las cosas que ya no le servirían (la ropa, algunos muebles, sus dioses) para luego ordenar ciertos asuntos antes de que las promesas de los médicos se materializaran en tiempo y forma. En tal lapso donde la incomprensión suele gobernar cualquier posibilidad de pensamiento, comenzó a digerir desganadamente una síntesis de sabor amargo y prematuro que pretendía comprimir inútilmente toda su vida, arrojando un balance quizás satisfactorio pero inútil al fin.
Había llegado el quinto día, y él había logrado aceptar con serenidad que la muerte sería como un remedio o algo así, ya dispuesto a que ésta coronara su enfermedad prontamente, aliviándolo. Transcurrió el día y el dolor físico se iba convirtiendo en un cansancio contra el cual él no ofrecía resistencia. La medianoche lo encontró flotando suavemente por las calles del centro, con el sueño apoderándose de él hasta que finalmente algo lo hizo caer rendido al pie del umbral de alguna casa. En ese momento su cuerpo fue invadido enteramente por un cansancio generalizado pero aún así leve, una especie de sensación de vacío o de entumecimiento total que imaginó talvez se pareciera a la idea de él falleciendo.
Lo que sucedió después fue aún más complejo. Al despertar lo recibieron unos tipos vestidos íntegramente de blanco, hablando en términos que él no comprendía, y que lo miraban con el gesto estupefacto de quien no conoce ni entiende lo que ve. Sólo le dijeron que la enfermedad se había ido, que no entendían porqué, que todo iba a estar bien, que no iba a morir por lo del páncreas.
Se marchó del hospital sin ganas de que siguieran indagándolo y con la idea de decidir algo respecto a su devenir. Caminó mucho y hacia donde se pone el sol, como quien ya no le debe nada al tiempo ni a sí mismo ni a nadie, para que su cuerpo acabara por evaporarse y formar una nube con su nombre en lo alto, fundiéndose con el cielo, ahora sí, por siempre. Al mismo tiempo comenzaba a caer una leve lluvia que humedecía de a poco la ciudad donde ya se hablaba de la extraña historia del tipo que, aún habiendo sobrevivido al cáncer, había decidido terminar con su vida. 

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