A su modo ese cuadro colocado con suma delicadeza en la pared aparentaba desenvolverse como la perfecta convergencia entre las posibilidades de lo que uno podía llegar a sentir hacia algo fijo e inerte, sin objeciones ni polución, y que inmediatamente se mostraba con una simpleza que paradójicamente inspiraba una inútil desconfianza quizás por su asintótica y poderosa perfección. Ese retrato quieto pero volátilmente dinámico quería ser algo pero era estrictamente todo: la sistematización de un proceso que va y vuelve en formatos diferentes pero hecho en base a todo aquello que se desconoce y que provoca inmensa sorpresa, con la peculiar intención de transmitir alguna verdad. Eso reclamaba atención; gritaba en silencio; y, de algún modo, suplicaba vida.
De a poco se iban acurrucando y aclarando las sensaciones del tipo abrumado que observaba con sigilo a ese algo que era su todo, probablemente por miedo a comprometer sus genuinas emociones, contemplando (todavía él un poco desencajado) un cuerpo geométricamente simple que era intocable pero magnifico, visible pero tan intangible como la verdad o el vacío. Mientras tanto, durante aquellos increíbles instantes iba aprendiendo que lo único que él sabía con certeza era que no siempre lo que se vive se entiende, pero aún así aceptaba con hidalguía que eso era lo que lograba provocarle un alivio incomparable y que quizás la felicidad pudiera llegar a verse reflejada en la digestión de todas aquellas incomprensibles sensaciones que todavía no le habían sido reveladas completamente, que se iban disolviendo tiernamente dentro de él a medida que el vívido lienzo se iba confesando y que, absurdamente, lo maravillaban aún sin que él pudiera descifrar el verdadero sentido de lo que estaba ocurriendo.
Talvez esa sublime imagen hubiese sido extraída de alguna película mental intencionalmente congelada en ese determinado y determinante momento, si es que en efecto la vana imagen en un color azul dominante de un tipo sentado con su cabeza entre sus piernas y las manos apoyadas sobre su sien pudieran revelar auténticamente todo eso que le invadía en aquel instante, maldiciendo al mismo tiempo todo lo que pudiese haberle servido como inspiración al autor de aquella cruda manifestación pictórica de lo que simplemente es y ya no se puede torcer: la plena verdad de quien se da cuenta que nada tiene.
Detectó entonces una extraña inmovilidad apoderándose de él, sumergiéndolo en la triste confesión de un cuadro que él no creía merecer. Aquellas recientes sensaciones de consumación álmica poco a poco iban reemplazándose por esa única y nueva verdad que el envenenado retrato ahora le ofrecía a cambio de un silencio estático y atónito que se adhería al rostro perplejo de quien acaba por comprender la fugacidad individual y que entonces nada resulta imprescindible cuando uno se halla, ya sin vuelta atrás, en el umbral de la eternidad.

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