Apagó los ojos y se embarcó en uno de tantos viajes oníricos a los que estaba gratamente acostumbrado.
Allí el otoño llovía levemente en la mañana, con él naufragando una plaza completamente cubierta por hojas muertas y rocío matinal. Al pisar el crujido era irrepetible y fugaz, mientras que esos sonidos mojados y maduros por la fusión entre hojas y humedad le envolvían el cuerpo y encantaban sus oídos. Se iba esculpiendo con plena naturalidad una secuencia de instantes maravillosos que se reinventaban constantemente a cada pisada sobre un suelo inundado por cuerpos inmóviles pero ruidosos, en tonalidades naranjas y amarillas, que se deshacían en sus suelas pero que regresaban como melodías de colores que le eran indescriptiblemente agradables. Al mismo tiempo sus pestañas se comprimían, seguían apretándose la una a la otra con creciente intensidad como si así se percibiese mejor la perfección del paisaje o se comprendieran más acertadamente los porqués de las cosas, introduciéndolo momentáneamente en aquella animación suspendida que para cualquier caminante de la psiquis deviene en algo mucho más elevado que la simple utopía.
¿Cuál sería el propósito de aquella sublime ficción? Esa plaza imaginaria y tan ajena al tiempo se había convertido en su balsa en un océano de tempestades que día a día lo despedazaban incansablemente. El sufrimiento que la realidad le provocaba era cruel y paulatino, pues era de esos dolores que se sufren de verdad y en todas partes. Probablemente todo volviese a recobrar su color original en cuanto sus ojos se reabrieran, desenredándose sus oídos y desplomándose aquello que le hacía tan bien como ninguna otra cosa, regresándolo así a la gris ciudad que tanto aborrece y en la cual no se alcanza jamás la resolución de enigmas, y donde tampoco se llega a conocer los finales de laberintos ni se logra contemplar la esencia de las cosas en su estado más absoluto e impoluto. Es así que prefiere seguir caminando con ojos cerrados, eligiendo la certeza de una ilusión en lugar de la incertidumbre cotidiana, pues sólo allí él siente que puede (pertene)cer, si es que realmente a alguien puede corresponderle un dónde y un porqué.
Sin nada que perder, intenta escapar de todos esos circuitos que él bien sabe son irrealizables, pero todavía no entiende qué magnetismo es el que lo lleva siempre a vivir con ojos tapados para luego hundirse en mundos tácitos, aunque, en algún rincón de su entidad caminante, él sabe que detrás de esa plaza quizás exista algo más. Algo que, sin saber qué es, parece ser lo único que motiva su existencia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario