Se recostó en la cama de su habitación a medida que lograba alcanzar los niveles de pensamiento típicos de quien medita sin estar perturbado por cuestiones triviales. ¿Morir y renacer a cada instante? – rebuscado concepto acerca del oficio de vivir. Su flamante idea acerca de un proceso basado en conocer y simultáneamente desconocer todo aquello que fuera relativo a los asuntos cotidianos podría acercarse a lo cierto, algo así como un vacío en constante relleno seguido por un nuevo vaciamiento que motivaría una búsqueda perpetua.
Acto seguido, su boca ya le dibujaba gestos graciosos al aire, observando otra boca que no estaría realmente allí frente a él, imitando gestos robados de otros cuerpos, uniendo y separando partes de su ser, sonriéndole a un silencio cobarde e inútil. Luego se desdoblarían ante él como si fueran de papel los otros ojos como grilletes, una mejilla adhiriéndose a la palma, y después la nada de nuevo. Cada tanto soñaba con eso y a veces con ella (siempre con ella, en realidad) hundiéndose en la satisfacción que podía ofrecerle un dormitorio levemente alumbrado y fresco en verano.
A todo esto jugaba él en su cabeza, observando de reojo un reloj cuyos números no le importaban demasiado, tratando de minimizar el movimiento general del lugar, deteniendo entonces su existencia exactamente en el minuto dieciséis de la una de la madrugada, riéndose de él mismo y del estúpido juego.
Pensó otra vez en la muerte y recordó una carta que había recibido tiempo atrás de un ya difunto amigo suyo, donde describía a ésta como algo increíblemente misterioso y ambiguo. Citó mentalmente uno de los pasajes del texto que más de una vez había vuelto a leer con gran nostalgia: “(…) así pues, resulta imposible separar una secuencia tan progresiva como la desintegración física de un fenómeno tan degradante como la muerte a la cual huelo asaltándome dulce y lentamente, cada vez más mía e irreversible. Intuyo, sin embargo, que la descomposición corpórea no sea sino una manifestación inequívoca de plena vida, un llamado de auxilio para intentar posponer, paradójicamente, la inminente sublimación del espíritu a partir del fallecimiento del cuerpo como entidad tangible y el principio de una vida que con algo de suerte renacerá en otra cosa. Sospecho entonces que tal descomposición no es más que uno de los tantos complementos de la muerte, un proceso elemental en la eterna metamorfosis del ser, una degradación estrictamente necesaria para permitir la transición. Algo quizás como la otra cara de la moneda existencial, esa que está destapada mientras la otra se mantiene dormida pero expectante, siempre preparada para inmiscuirse y quebrar con la actualidad del individuo.”
Volvió a reírse, pero no de sí. Esta vez se rió de la vida misma y de las circunstancias que a todos les atañe, de lo complicado que resulta encontrar razones para explicar lo que no se entiende, de lo destructiva que resulta la muerte cuando llega para acabar con todo, obligando a admitir que quizás nada realmente tuviera sentido ante semejante telón de una obra cruel pero graciosa al mismo tiempo. Recordó entonces las líneas de un poema en el que se revelaba un poder presente en cada individuo que consistiría en contribuir un verso propio y original al gran poema de la existencia antes del game over, al mismo tiempo que le surgía como un reflujo mental otra pregunta. ¿Para qué vivir entonces si luego todo se pierde en el parpadeo final? Decidió dejar el tema atrás, seguramente ya que respecto a eso no existen soluciones ni respuestas que se acerquen a lo cierto, porque la muerte es eso que no se puede pensar del todo porque uno enloquece sin aviso previo.
Volvió al asunto de la chica, esa que se le aparecía en todos sus sueños, la que lo perturba pero que le hace bien. Le pareció curioso el comportamiento del tiempo mientras su mente deambulaba en ella y en sus cálidos ojos, reencontrándose con una boca que ya había visto segundos atrás, allí donde la voluntad de él pertenecía enteramente al viento y donde ella era el viento y mucho más. Todo sucedía más lento, quizás para que le doliera más la verdadera ausencia, aunque junto a ese dolor venía el placer del contento y la amarga idea de que un sueño era lo único que podía unirlos a ellos dos que parecían condenados a vivir en tiempos paralelos. Pero de vuelta esa imagen recobraba un color frío y solitario para luego borrarse, obligándolo a aceptar que probablemente lo mejor fuera deshacerse de esa farsa absurda.
El aire de la habitación se iba poniendo cada vez más pesado, cuando de pronto regresaron las preguntas. ¿Qué tan lento debía transcurrir el tiempo cuando los días eran casi eternos y los instantes, así todo, se escurrían como el aire de las manos? Cuando todo a su alrededor se iba estancando de a poco en una meseta tibia pero infinita, a primera vista inentendible pero aún así real. Tan real como las palabras que intentaban describir la detestable sensación de que sólo el tiempo curaría aquello que quizás nunca había sangrado y que talvez jamás siquiera habría existido, aunque en algún lado despertaba un hervor sin precedente atestiguando una carencia.
Sin embargo, algo más le sucede. Lo apena una falta que arde y que se manifiesta en un pecho oprimido por el anhelo de algo que se ha vuelto imprescindible sin lograr recordar el porqué ni cuándo. Una ausencia que se convierte en presencia sólo en su mente pero sin ofrecer alternativas, sin respuestas a cómo juntar esos dos tiempos que se desconocen pero que debieran unirse por alguna razón que solamente él comprende.
Y así, ya muy cansado, cae dormido. Se desprende de las preguntas y de sí, para renacer al otro día sin ella, sin nada. Durante el día sobrevive esperando llegar a su habitación siempre fresca y casi oscura, para acostarse a mitad de la noche y repetir ese laberinto estúpido, jugando el juego, preguntándose la pregunta: ¿morir y renacer a cada instante?
